ActualidadTres minutos con la historia

Mártir Florencio Bahamondes Álvarez

Florencio Bahamondes Álvarez

Florencio Bahamondes Álvarez, nació un 14 de octubre de 1890 en la Serena. Hijo de Aniceto Bahamondes Medina, y Elcira Álvarez Mery. Era el mayor de cuatro hermanos.

A los 18 años realizó su servicio militar en el Regimiento Buin, que en aquel entonces, se ubicaba en la Avenida Recoleta frente a la calle Buenos Aires.

A la Tercera ingresó un 12 de noviembre de 1913, sirviendo los cargos de Tesorero en 1914 y  Ayudante General del Cuerpo en 1919 y 1920. El 04 de diciembre de 1918 se le otorga el premio de Constancia por 5 años de servicios.

Colegio de los Padres franceses

El Santiago de 1920 con sus calles adustas, alternando adoquines con polvorienta tierra, no era muy distinta a hoy en algunos aspectos. El calor estival agobiaba a sus habitantes desde temprano en la mañana y ocasionalmente ingresaban por la Alameda de las Delicias algunas ráfagas tenues de brisa, empujadas por los vientos provenientes de la desembocadura del Maipo desde el sur del valle.

Hace ya más de 70 años que el colegio de las Padres Franceses se erguía imponente con su frontis de estilo gótico, emulando el vitral frontal redondo que solían llevar las principales iglesias y Catedrales en Francia. La expansión del colegio en los últimos años había sido vertiginosa. Para 1907 les habían donado un solar que daba con la calle Manuel Montt, paralelo a la Alameda en el costado sur.

El edifico comprendía una extensión total de sur a norte de 150 metros de largo, dividido en 3 secciones que tenían pabellones secantes que intersectaban con esta nave principal, que lindaba inmediatamente con la calle, extendiéndose de igual manera de poniente a oriente. La techumbre compartía el mismo cielo para todo el edificio que iba encajonado con un entablillado, cubriendo vigas y tejas, siendo esto un factor importante que retrasó la detección del fuego y propició su propagación.

 

El Incendio

“El año comenzó desgraciado para el Cuerpo de Bomberos. En efecto, el día 7 de Enero, a las 12:30 del día, se comunicó al Cuartel Jeneral (por el teléfono número 1696) que se incendiaba el edificio del Colejio de los Padres Franceses, ubicado en la manzana comprendida entre la Avenida de las Delicias, Campo de Marte, Carreras i Manuel Montt. El fuego que desde un principio se presentó con caracteres difíciles de dominar, destruyó en pocos momentos todo el edificio cuya estension quemada fue de 4.500 metros cuadrados, i ocasionó entre el personal del Cuerpo pérdidas de vida i heridas de gravedad.”

Memoria Anual CBS 1920

Al señor Superintendente, don Luis Claro Solar

Presente.
Señor Superintendente:

La prensa ha dado cuenta hoi, con abundancia de detalles, del enorme incendio ocurrido ayer en el Colejio de los Reverendos Padres Franceses i eso me evita repetir aquí gran parte de los sucesos. Voi a concretarme a esclarecer algunos puntos, sobre todo el que se refiere a las causas de la enorme magnitud del siniestro.

Estimo que la clase de construcción del edificio es la causa única del desarrollo del fuego; en efecto, todo el costado del edificio que da a la calle Padura en una estensión de ciento cincuenta metros aproximadamente, formaba un solo techo, i como si esto no fuera suficiente, tenía tres secciones, más o menos de sesenta metros de longitud cada una que, partiendo de la sección de Padura hacia el Oriente, formaban un total de trescientos cincuenta metros aproximadamente sin corta-fuego alguno, con el techo unido, formando una gran chimenea en el entretecho que me permite asegurar que un incendio en cualquier punto que no se hubiese sofocado en el primer momento, habría tenido que consumir necesariamente todo el edificio. Ahora bien, si se toma en cuenta que el fuego apareció en la parte central de la citada sección de Padura i el gran viento sur que había a esta hora, se comprenderá el tiraje enorme que se desarrollo por los entretechos hacia el oriente.

Convencido de la inutilidad del trabajo del Cuerpo, aunque hubiera tenido mucha más agua de la que se pudo disponer que no fue tan escasa como se ha dicho, procuré salvar la capilla i el resto de los edificios, logrando evitar que el fuego consumiera el Teatro i la cocina, pero no así  la Capilla i edificios del oriente, porque la fuerza del fuego al reventar a los estremos del edificio del Colejio era tal, que no permitía, sino a riesgo de ser quemado, la permanencia del personal del Cuerpo con pitones que no tenían eficacia alguna, ya que el agua se evaporaba antes de llegar a los puntos en que era necesaria. Por más esfuerzo que gastó el personal, hubo que dejar que el fuego siguiera su obra hasta la misma calle Carrera, salvándose por el lado Oriente sólo la casa baja de la esquina de esta calle, ocupada por el Kindergarten del Colejio.

Fue necesario colocar tres pitones en la calle Carreras, para remojar el frente de las casas del otro lado i evitar que el fuego pasara a la otra manzana, a pesar de ello, las chispas alcanzaron a prender unos telones colocados en los altos de la casa del señor Gregorio Donoso, i otro tanto ocurrió al lado norte de la Alameda en la casa del señor Alberto Cedarelli. A ambas partes hubo que mandar personal i material para conjurar el peligro.

En los primeros momentos del incendio i en el afán de evitar la propagación del fuego, tuvimos que larnentar  la más dolorosa desgracia, pues un grupo de voluntarios de la Tercera, Sesta y Séptima,  en número de trece, se vieron en un momento dado de tal manera envueltos por las llamas, que no tuvieron más recurso que dejarse caer del segundo piso a la calle de Padura. Algunos de ellos resultaron con contusiones más o menos leves, pero también se recojieron horriblemente quemados a los compañeros, Florencio Bahamondes, voluntario de la Tercera, Alejandro Acosta, voluntario de la Séptima, Benigno Martínez, Luis Cornejo, Manuel López, auxiliares de la Sesta i Miguel González A., voluntario de la Octava. Todos fueron inmediatamente atendidos por la Asistencia Pública i trasladados a la Posta Central i de ahí fueron remitidos a la Clínica Alemana los señores Bahamondes, Acosta i López; al pensionado de San Vicente, los señores Cornejo i Martínez i a su casa el señor González.

La gravedad de las heridas del señor Baharnondes  hizo diagnosticar a los señores médicos que era caso perdido. Desgraciadamente este diagnostico se ha curnplido, pues el señor Bahamondes falleció esta mañana a las cuatro i media, haciendo que todos los dolores i preocupaciones de la tarea de ayer se concreten en el recuerdo de este distinguido voluntario que sobresalió siempre en sus trabajos, i que hasta el 31 de Diciembre último formaba parte del personal de ayudantes de esta Comandancia, en cuyo puesto me fue dado apreciar sus bellas cualidades. El compañero Florencio Bahamondes, forma ya en la lista de los mártires de nuestra institución, dando ejemplo de su gran corazón, dispuesto al sacrificio por servir a sus semejantes.

Debo dejar aquí constancia de los agradecimientos más sinceros al  personal de la Asistencia Publica, por todos los servicios que ayer le cupo prestar al Cuerpo de Bomberos i por la forma tan especial en que fueron atendidos cada uno de los compañeros heridos; i a la Dirección de la Clínica Alemana que inmediatamente de conocer la desgracia que nos ocurría, puso a disposición de esta Comandancia, tres camas de que disponía para la atención de nuestros compañeros, sin costo alguno para el Cuerpo. Esta clase de demostraciones eran como un lenitivo de las angustias que pasábamos en aquellos momentos, i ambas instituciones son acreedoras a nuestra más profunda gratitud.

He insistido, señor Superintendente, en las causas del desarrollo del fuego porque son antecedentes que nos permiten insistir una vez mas en llamar la atención de las autoridades a la necesidad de no permitir construcciones como la que nos ocupa, sobre todo si se toma en cuenta que están destinadas a cobijar cientos de niños, que al estar en el colejio, habrían seguramente proporcionado mayores desgracias que no nos cansaríamos de lamentar.

Hai que tener presente que hai rnuchos edificios en Santiago, destinados a ese i otros objetos que presentan iguales características que, cualquiera que sea el trabajo que haga el Cuerpo de Bomberos i los elementos con que cuente en caso de un incendio, están fatalmente destinados a ser totalmente consumidos por el fuego.

Saluda atte. a Ud., Luis Phillips, Comandante.

Luis Phillips, Comandante

La prensa: diario La Nación

“El comentario público ha jirado ayer obligadamente alrededor del incendio ocurrido en la tarde del día anterior, i cuyas enormes proporciones han orijinado pérdidas incalculables.

Conocida en todos sus detalles la magnitud del siniestro, ha brotado en todos los habitantes de la ciudad un jeneral sentimiento de consternación, que refleja fielmente la dolorosa impresión que ha causado en todos los ánimos esta gran catástrofe. A las enormes pérdidas materiales orijinadas por el incendio, hai que agregar la dolorosa nueva del  fallecimiento de un abnegado servidor del Cuerpo de Bomberos, cuyo sacrificio será considerado, a no dudarlo, como una de las grandes acciones realizadas por los miembros de aquella institución.

En la altruista labor de salvar la propiedad ajena ha perecido, en efecto, el voluntario de la Tercera Compañía de Bomberos, don Florencio Bahamondes, joven e intelijente ciudadano, que supo cumplir con creces el deber que voluntariamente se había impuesto.

Fuera de lo anterior, es menester también considerar el peligro inminente en que se hallan las vidas de varios otros servidores del Cuerpo, que, al igual que el voluntario señor Bahamondes, fueron cojidos por las llamas en el lugar del siniestro.

Con el Secretario del Colejio

En los momentos en que nos encontrábamos visitando el edificio incendiado nos fue dable hablar con el secretario del colejio, Rev. Padre Eusebio, que desempeñaba accidentalrnente las funciones de ecónomo. Nos espresó que tan pronto fue avisado de la aparición del fue­go, en el fondo del edificio, corrió inmediatamente al teléfono que se encontraba cerca de la portería a objeto de dar la alarma correspondiente. “No sirvió esto de gran cosa”, nos agregó en seguida, “pues cuando regresé, ya las llamas habían tomado un incremento con­siderable, destruyendo en un instante una gran parte del edificio. Tomando en cuenta que sería mui difícil dominar el fuego por la calidad de los materiales de construcción, decidí entonces dedicarme a salvar algunos objetos i valores, dirijiéndome, para tal objeto, a la pieza que ocupaba el Economato. No fui mui afortunado sin embargo en mi propósito, pues, cuando me encontraba en el interior, el fuego tomó un formidable avance, viéndome obligado, por tal circunstancia, a huir hacia el esterior.”

 Muere el señor Bahamondes

Conducido a la Clínica Alemana, ubicada en la calle Dávila, el señor Florencio Bahamondes fue solícitamente atendido por los doctores del establecimiento, los cuales hicieron lo humanamente posible por arrebatarlo a la muerte, no obstante, se vió desde el principio que se trataba de un caso desesperado, pues las heridas recibidas por el abnegado volunta­rio eran de suma gravedad. Tenía el cuerpo completamente quemado, i de la epidermis, sólo le quedaban pequeños trozos en el pecho i en una de las piernas.

Entre diversas alternativas, el señor Bahamondes pasó gran parte de la noche, rodeado de algunos miembros de su familia i de numerosos amigos. Poco antes de las cuatro de la madrugada de ayer, comenzó a perder la lucidez que había conservado hasta entonces, entrando luego en el periodo de la agonía. Momentos antes hizo llamar a su pieza a un hermano suyo, con el cual mantuvo una breve conversación. En medio de un imponente silencio de las personas que rodeaban el lecho, encargó a su deudo que no alarmara a su señora madre en caso de que se produjera un desenlace fatal, i le dió algunas instrucciones apenas perceptibles, debido al estado agónico en que se encontraba. Hizo después que le pasaran las llaves que llevaba consigo i las depositó en poder de su hermano. Momentos después, el joven voluntario, agobiado por las dolencias de las heridas que había recibido, dejaba de existir en me­dio del dolor de los que lo habían atendido.

Impresión que causa la noticia

En las primeras horas de la mañana, una gran parte de la población se había impuesto ya del doloroso desenlace que había tenido el señor Bahamondes, causando tal noticia, como es de suponerlo, un sentimiento de hondo i unánime pesar. Hasta el local del Cuartel Jeneral del Cuerpo i de la Tercera Compañía de Bomberos, afluyeron durante toda la mañana innumerables personas, a esteriorizar su sentimiento por la muerte del abnegado voluntario. En el Cuartel Jeneral i en la Compañía doliente se izó a media asta la bandera, haciéndose lo propio en todos los demás cuarteles. En los dos primeros se la mantendrá izada en esa forma du­rante tres días.

Diario la Nación: jueves 08 de enero de 1920

La prensa: diario el Mercurio

Funerales

Los funerales del heroico voluntario de la Tercera Compañía de Bomberos, señor Florencio Bahamondes Álvarez, efectuados en la tarde de ayer, han sido un fiel reflejo de la consternación que su trajico fin produjera en el ánimo de todos. La ciudad de Santiago representada en todas sus esferas sociales tributó ayer un justo homenaje de admiración i cariño al Cuerpo de Bomberos, concurriendo a los funerales del voluntario señor Bahamondes, en número i circunspección que pocas veces habíamos visto. A las cinco de la tarde, hora fijada para los funerales, las calles Santo Domingo, San Antonio, calzadas del Mapocho i Recoleta hasta llegar al Cementerio Jeneral, eran una sola masa de espectadores, mientras que por el centro de la calzada se movía el cortejo en filas no menos compactas.

A la hora indicada la campana del Cuartel Jeneral inició sus toques de a tres campanadas, señalando así el cuartel en desgracia. Descendido el ataúd de la capilla ardiente que se había levantado en el Cuartel Central, se dio la orden de marcha.

En interminable fila iban todas las Compañías por orden de número, esceptuando laTercera que se colocó al fin, rodeando el carro fúnebre. Bandas de músicos que ejecutaron durante el trayecto marchas fúnebres, alternaban con las Compañías. Inmediatamente después, el Directorio, también a pié,  tomó su colocación en el desfile. Al lado del Superintendente señor Luis Claro Solar, iba el Ministro de Francia en Chile, Excmo. señor Andres Gilbert. Poco más atrás un grupo de sacerdotes precedía el convoi fúnebre. Seguían voluntarios de la Tercera llevando cada uno alguna corona de las muchas enviadas, entre las que notamos una hermosísima de flores naturales, enviada por el Directorio del Cuerpo de Bom­beros de Valparaíso. Seguía el carro fúnebre. Sobre el ataúd se coloco el uniforme de parada del voluntario fallecido. Seguía el coche de los deudos i después una fila interminable de  carruajes ocupados por todo el personal de la Compañía de Gas, i relaciones sociales de la familia Bahamondes Álvarez.

Frente al Rejimiento Buin

Nada más conmovedor i oportuno que el homenaje tributado por el Rejimiento Buin, cuyo cuartel, como se sabe, esta ubicado en la Avenida Recoleta. Al enfrentar la carroza fúnebre al cuartel del Rejimiento, sonó un toque de clarín; el convoi se detuvo. Del cuartel salió todo el Rejimiento i formada la tropa al lado derecho i la oflcialidad a la izquierda presentaron armas; mientras tanto la banda del Reji­miento ejecutaba la marcha fúnebre de Chopin. El Comandante señor Arturo Montesinos, acompañado de sus ayudantes se adelantó hasta el féretro i depositó sobre la urna que guardaba los restos del heroico joven una delicada corona de flores naturales. Avanzó el cortejo i el Buin le presentó armas hasta que se perdió de vista. Mas allá la iglesia de la Viñita principió a doblar sus  campanas, como antes lo había hecho la iglesia de Santo Domingo.

En el Cementerio

Al llegar al Cementerio, todas las compañías abrieron calle para que el convoi fúnebre, avanzara hasta la puerta de la Necrópolis. La urna fue descendida por los señores Luis Claro Solar, Luis Phillips, Samuel Yavar, Jorje Phillips, Ismael Valdes Valdes, doc­tor Petit, Rubén Dávila, Santiago Webb i los deudos de la familia Bahamondes. Seguía después la delegación especial enviada por el Cuerpo de Bomberos de Valparaíso, compuesta de los señores Luis Rodríguez M., Director de la Primera Compañía; Eduardo Devés, Director de la Quinta; Oscar Ríos Miranda, Director de la Décima i Alberto Cubillos, Director de la Novena Compañía. En el pórtico del Cementerio, esperaban los restos un grupo de Padres de la Recoleta Dominica, de cuyo noviciado formó parte mucho tiempo el voluntario fallecido i el Reverendo Padre Adalberto, de los Sagrados Corazones, quien revestido de capa pluvial rezó las ul­timas preces.

Los discursos

 Antes de ser inhumados los restos, numerosos oradores ocuparon la tribuna colocada frente al mausoleo del Cuerpo de Bomberos. A nombre del Cuerpo de Bomberos habló el Comandante señor Luis Phillips; el señor Samuel Yávar, Director de la Tercera Compañía; el señor Ricardo Millán, a nombre de sus compañeros de la Tercera. Habló también el señor Luis Rodríguez, a nombre del Cuerpo de Bomberos de Valparaíso. Se siguieron en el uso de la palabra, el señor Augusto Espejo Pando, Intendente interino de Santiago; el Reverendo Padre Adalberto, de los Sagrados Corazones; el señor Fanor Velasco, el Capitán de Ejercito, señor Anjel Moreno, a nombre del Club Militar; el señor Manuel Ponce Soto, a nombre de los bomberos de Quillota, i varias otras personas a nombre de diferentes sociedades sportivas.

Diario el Mercurio: sábado 10 de enero de 1920

Discurso Vol. 1ª Cía Sr. Ernesto Velasco Velásquez

Señores:

Cuando la tierra piadosa y discreta le haya cubierto, cuando la losa lacónicamente señale su nombre y por sobre sus despojos una cruz extienda sus brazos con un gesto desesperado como un reproche al egoísmo humano, cuando este cortejo despida y el muerto haya quedado solo en su fosa, la verdadera figura de Florencio Bahamonde empezará a crecer, cobrará fuerza y vigor, se agigantará en una vida más grande y más pura aún. ¿Diréis que es el recuerdo? No; es la lección, es el ejemplo.

A la puerta de nuestros cuarteles estará perennemente su sombra, y al paso de cada voluntario, él, con sus manos santificadas por el sacrificio, tocará la conciencia de cada uno de nosotros, para darnos el santo y seña. ¿Quién vive? diréis. Y su sombra responderá ¡”El Deber”!

Fuerte palabra, santa enseña cincelada en cada una de las páginas de oro de la historia de este Cuerpo de Bomberos.

Cuando uno de los nuestros cae, como cayó este voluntario que tan estoicamente golpeo a las puertas de la gloria, debemos poner como faro que oriente nuestra vida, su ejemplo admirable, asociando su nombre a nuestras ambiciones de ser mejores cada día.

Hablo a impulsos de una sincera amistad, de un leal cariño, y en representación de los Ayudantes Generales que con Florencio Bahamonde compartimos, por espacio de varios años las labores de la Comandancia. Al verle desaparecer, no es la pena el sentimiento que toca nuestros corazones, es la admiración, es el deseo de igualarle algún día en esa sublime generosidad que alcanza hasta el holocausto de la vida, por el bien de sus semejantes.

Fuerte, sano, generoso, gran corazón, noble amigo: esta es su silueta.

¿Necesito hablaros de sus virtudes? ¿De sus merecimientos? Ni yo sabría hacerlo cumplidamente, ni vosotros lo habéis menester. Su vida toda la condenso en el supremo sacrificio; sus méritos los pregona la Campaña del Cuerpo, grave y profunda, que es el mismo tiempo un alarido de dolor y un hosanna de regocijo, tributando a cada minuto el homenaje que se reserva a los mártires. Santo martirio: luz que orienta, fuerza que conforta, ejemplo que educa y templa las voluntades.

Yo creo que, si no fueran otros mil los timbres de gloria de esta nobilísima Institución, era bastante para enorgullecerla, la gloria de haber educado en sus filas, almas tan generosas como la de Florencio Bahamondes.

Hemos colgado crespones en los emblemas de nuestras compañías. Es un rito profano; pero yo bien sé que cada bombero ha prendido rosas en el asta hierática del estandarte de la 3ª. Yo bien sé que el fuego que arde, rebulle y chisporrotea en los fogones de nuestras bombas es símbolo perfecto del espíritu que os inflama y os agigante, y que, como el denso humo que por las chimeneas se eleva a las alturas, así también vuestros anhelos ascienden en un vivo afán de perfección que se encamina hasta los cielos.

Ayer fue Reyes; hoy es Bahamonde: gloria sobre gloria, ejemplo sobre ejemplo. Es esta Institución vivero de grandes almas. Cuando el sacrificio llama, a su voz sólo responden las almas privilegiadas. Bien habéis visto, que la suya no permaneció muda.

Cuando al momento de la lista, una voz amiga responde por él, no será su nombre una vana palabra, una fórmula opaca. Ese nombre dirá, con la elocuencia vibrante de los máximos ejemplos, que la consigna en cuya defensa cayó, es digna de bomberos. La humana vida no tendría razón de ser, si en el instante necesario no hubiera de ponerse al servicio de los semejantes. Sobre la vida, el honor de nuestro deber, sobre nuestro deber, nada.

A la 3ª Compañía, nuestra admiración. ¿Qué muchachada es esta del Cuerpo de Bomberos, que en cada sacrificio estrecha las columnas con entusiasmo exaltado? ¿Qué escuela es ésta que forma héroes con la fuerza serena y tenaz de su disciplina? ¿Quiénes son esos muchachos que desafían el peligro con sin igual estoicismo? Son bomberos voluntarios. Este sólo título es sobrado sello de honor y de orgullo.

Que sea el nombre de Florencio Bahamondes un nuevo alerta dado a nuestros entusiasmo, un grito de unión, una clarinada que redoble nuestra fe, y ante la sombra del que la tierra ha de cubrir, una vez juremos ser fieles a los santos estandartes que cobijan nuestras aspiraciones que encarnan nuestros ideales y que señalan nuestro oriente.

Enesto Velasco Velásquez, Vol. 1ª Cía CBS.

Publicaciones relacionadas

Botón volver arriba