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Romería de Compañía: Centenario Martirologio Florencio Bahamondes Álvarez

El día de ayer, nuestra Heroica Tercera Compañía se dio cita en las intersecciones de las calles Alameda Libertador Bernardo O’Higgins y Almirante Latorre, para conmemorar el Centenario del Martirologio de nuestro Voluntario el Sr. Florencio Bahamondes Álvarez, fallecido a causa de la heridas provocadas por el fuego en el Incendio del Colegio de los Padres Franceses, ubicado en ese lugar hace 100 años atrás.

En esta oportunidad, el Voluntario Activo y Jefe del Departamento de Historia de la Compañía Sr. Álvaro Velasco Jenschke, leyó un relato que daba cuenta del Incendio y condiciones que llevaron al martirologio de nuestro mártir.

Posteriormente, el Sr. Director don Jorge Banderas Carrasco en compañía del Sr. Capitán don Rodrigo Pineda Pastén y el Sr. Director Honorario don Mario Banderas Carrasco, colocaron una ofrenda floral, mientras la Compañía en pleno rindió honores a la placa que recuerda a nuestro mártir Sr. Florencio Bahamondes Álvarez.

¡Honor y Gloria a nuestros mártires!

Santiago de 1920 con sus calles adustas que alternaban adoquines con polvorienta tierra no era muy distinta a hoy en algunos aspectos. El calor estival agobiaba a sus habitantes desde temprano en la mañana y ocasionalmente ingresaban por la Alameda de las Delicias algunas ráfagas tenues de brisa, empujadas por los vientos provenientes de la desembocadura del Maipo desde el sur del valle.

Hace ya más de 70 años que el colegio de las Padres Franceses se erguía imponente con su frontis de estilo gótico, emulando el vitral frontal redondo que solían llevar las principales iglesias y Catedrales en Francia. La expansión del colegio en los últimos años había sido vertiginosa, para 1907 le habían donado un solar que daba con la calle Manuel Montt, que corría en paralelo a la Alameda en el costado sur. El espacio que comprendía el colegio estaba entre las calles Alameda al norte, Montt al sur, Vergara al oriente y Campo de Marte o Padura al poniente (ambas calles se unían en una punta de diamante una cuadra al sur lo que causaba confusión en el uso del nombre de la calle, siendo alternado entre ambas para denominarla).

El edifico comprendía una extensión total de sur a norte de 150 metros de largo, dividido en 3 secciones que tenían pabellones secantes que intersectaban con esta nave principal, que lindaba inmediatamente con la calle, extendiéndose de igual manera de poniente a oriente, la techumbre compartía el mismo cielo para todo el edificio que iba encajonado con un entablillado, cubriendo vigas y tejas, siendo esto un factor importante que retrasó la detección del fuego y propició su propagación.

La alarma se dio telefónicamente cercano al medio día, desde el mismo colegio habían detectado las llamasy notificaron presurosamente al Cuerpo, llamando al Cuartel General, esperanzados que el trabajo de los voluntarios pudiese salvar el edificio. Vale destacar que el colegio que en aquella época contaba con internado, aunque para el incendio tenía a sólo a los sacerdotes y empleados de mantención al interior, ya que las vacaciones, afortunadamente, obligaron a los jóvenes a irse a sus hogares.

El fuego avanzó raudamente por el entretecho, abarcando la total extensión del edificio, arreciando principalmente toda el ala poniente y causando especial daño en el frontis sur de la estructura. Una vez dada la alerta los voluntarios y sus piezas de material mayor se dirigieron al lugar de la emergencia. Al ser miércoles y en plena jornada laboral las máquinas salieron con escaso personal, lo que obligó a hacer tañer las campanas del Cuartel General, alertando a todos del incendio y el Cuartel en el que se estaba produciendo. Florencio, al igual que la mayoría de sus compañeros, se dirigió a la emergencia corriendo entre las callejuelas, vale destacar que su lugar de empleo se precisaba en la calle San Martín, sin especificar numeración.

Impetuoso, su mente tuvo que irse llenando de pensamientos, imaginándose el incendio y organizando las prioridades al llegar; tratar de encontrar un uniforme para protegerse, ya que no pudo pasar por el Cuartel para retirar su chaqueta de cuero y pañal para cubrirse el rostro, encontrar la bomba a vapor de la 3ra, ponerse a disposición del Oficial o Voluntario a cargo, y proceder con el ataque y evitar la propagación del fuego y destrucción del edificio. Lo caótico y anormal de la situación, lo rápido en que el fuego se expandió y la urgencia de extinguirlo, obligó a Florencio a ponerse a trabajar inmediatamente al llegar al lugar, acompañando a una línea de ataque cargada que hacía ingreso por el costado poniente del edificio subiendo por una escala de palo, ingresando por una ventana que se encumbraba a más de 7 metros de aquella mole de ladrillos, con pisos que superaban los 4 metros cada uno. Tal era la premura que no tuvo oportunidad de ponerse una chaqueta de trabajo, y con su camisa como única prenda de protección, acompañado por la convicción de servir, trabajó arduamente.

Nada hacía presagiar que aquellas brisas ocasionales que visitaban esporádicamente la ciudad viniendo desde el sur, serían las responsables de la tragedia. El mismo viento que refrescaba de vez en vez a los ciudadanos capitalinos, empujaba el fuego en dirección a donde estaban Florencio y sus compañeros trabajando, tratando de detener las llamas. El viento avivó y fortaleció al fuego, ya no era un edificio que combustionaba inexorablemente, ahora el fuego se abalanzaba furioso y sediento sobre los bomberos, quienes presurosos buscaban alguna salida. Tratar de huir en dirección del pasillo era cometer suicidio, ya que las pasarelas de madera estaban totalmente calcinadas, si el fuego no te mataba, la caída inesperada desde un piso a otro lo haría. De uno en uno fueron saliendo rápidamente de aquel salón por la venta. Florencio sujetando el pitón, presumiblemente, ya que fue el último en salir, tuvo que tratar de detener la embestida de las flamas, dando el tiempo suficiente a sus compañeros de tomar resguardo. Las llamas laceraban su carne, la temperatura chamuscaba su piel, el dolor pellizcaba todo su cuerpo, sus ojos resecos trataban de mantenerse abiertos para tener claridad de donde direccionar el chorro de agua. Finalmente, cuando el último de sus compañeros salió de aquel salón, él, presuroso brincó por la ventana. La desesperación que le producía el dolor que abarcaba todo su cuerpo, la piel roída por la temperatura y las laceraciones hicieron que perdiese la sensatez y se aventara al vacío tratando de huir de aquel infierno.

Su caída y golpe en seco contra la vereda estremeció en lo más profundo a todos los presentes, la muchedumbre agolpada en la plazoleta al frente del colegio guardó silencio horrorizada por el doloroso espectáculo que presenciaba, los voluntarios corrían veloces para socorrer a los bomberos caídos desde las alturas. El saldo fue triste; 3 voluntarios lesionados en menor gravedad, un auxiliar en igual condición, además Alejandro Acosta de la 7ma y Florencio Bahamondes tenían el diagnóstico más oscuro, la evidencia de sus lesiones daban pocas esperanzas y la mayoría se preparaba para asumir el triste final. Los heridos fueron derivados, Florencio fue llevado a la Clínica Alemana, en la calle Dávila, que colindaba con el regimiento Buin, lugar en el que Florencio fraguó amistades y dejó un grato recuerdo en su periodo de instrucción militar.

Las horas fueron eternas, el dolor saltaba de uno a otro, la manifestación de sufrimiento estremecía a todos los presentes, las llagas propias que el fuego había dejado causaban dolor en aquel que no las portaba. Los cirujanos de la clínica trataron de extremar esfuerzos, esmeradamente intentaron arrancarle a Florencio de las manos de la muerte, pero su destino estaba escrito ya. Las lesiones del incidente, el golpe contra el piso y las quemaduras internas hacían de Florencio un caso imposible para la medicina de la época, sólo quedaba esperar hasta el triste fin que tenía deparado. Fue depositado en un cuarto donde pudo recibir a cercanos, y tratando de obviar el dolor, buscaba articular escuetas palabras, sus familiares y cercanos presenciaban como la vitalidad de voluntario iba marchitándose. Poco antes de perder totalmente la lucidez a causa de las heridas y el dolor solicitó hablar en privado con su hermano menor, Guillermo, le pidió encarecidamente no le notificase a su madre de lo acontecido, y entre las chamuscadas prendas que habían dejado en un rincón del cuarto le solicitó a este sacase una pequeña llave. Extensas las horas de espera y aún más extenso el dolor, las lágrimas raían los rostros de los presentes, todo aquel que había ido a acompañar a Florencio en su lecho portaba un pedazo del dolor, como si tratasen de solidarizar y aminorarle la carga.

Finalmente, su cuerpo no resistió más, el sufrimiento había llegado a su límite, quebrantándole la voluntad y el alma, en un suspiro desesperado Florencio abandonó este mundo, rodeado por quienes le habían conocido.

La pompa funeraria tuvo una tónica especial en este caso. Regularmente los féretros transitaban por avenida Recoleta y sin detenerse doblaban al poniente por el callejón de la Unión hasta la entrada del cementerio General por avenida Cementerio (actual La Paz). En esta oportunidad la procesión se detuvo obnubilada por la inesperada presencia del regimiento Buin, que en plenitud se formó a ambos costados de la calzada, presentando armas, en el intertanto el Comandante del regimiento acompañado de sus ayudantes se formó firme frente al féretro de Florencio, y en un gesto hidalgo depositó una ofrenda floral, el toque de clarinete tocaba la marcha fúnebre, siendo un momento que caló lo profundo del alma de cada uno de los presentes, el General se hizo a un lado, permitiendo que la carroza pudiese avanzar, siendo este el último adiós de Florencio, aquel Sargento que 10 años antes había pasado por la Escuela Militar en Recoleta seguía latente en la memoria, y sus compañeros de armas optaron por rendirle un último y humilde adiós. Al pasar frente a la capilla de la Viñita, por solicitud del Regimiento, las campanas tañían trémulas una despedida a la eternidad a los restos mortales del valiente bombero.

Vol. Act. y Jefe del Departamento de Historia Sr. Álvaro Velasco Jenschke

Fotografías por : @molinafirerescue

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Día del Patrimonio Cultural

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